Domingo, 10 de diciembre de 2006
Despertando encendi la television para ver si ya habia empezado la realidad (como dice Carlos monsivais). Cambie de canal hasta que encontre los noticieros. El espurio con cara de asustado y el cachorro cuidandose de que un tomataso le cayera en cualquier momento. Aunque ya sabia la culminacion del dia anterior no dejaba de ser emocionante ver al calderoncillo y al foxillo como niños asustados des pues de ser pillados en la travesura.
Tan interesantes cavilaciones se interrimpuerin bruscamente cuando la mano de ella se puso en mi hombro y su lengua en mi espalda. Mi piel reacciono y mis vellos se erizaron. Sus manos jalaron hacia atras mis hombros y me recosto. Beso mis ojos mientras sus manos recorrian mi cuerpo, succiono mis tetillas, mordisqueo mi cuello y de manera inevitable, mi pene respondio al llamado que erecto y firme, cual si fuera una pancarta pejista, recibio las primeras caricias manuales, despues las labiales, hasta que su punta hizo contacto con lo mas profundo del delicioso paladar femenino que ansioso lo esperaba. No me permotio concluir - es muy pronto, me dijo-, asi que sus manos y lengua retomaron la iniciativa y se concentraron en mis muslos y mis nalgas. Caricias, besos y mordiscos se turnaban en la agradecible tarea de trasladarme al paraiso.
Cuando pude reaccionar, le devolvi cada beso y cada caricia pero multiplicados. Le bese los pechos, los hombros, hasta las axilas. Con delicadeza le di la vuelta (la puse bocabajo, pues) y con mi lengua recorri lentamente su espalda a partir de su nuca. Sintio como una descarga electrica, o al menos es lo que imagino por el estremecimiento que acompaño la conversion de su tierna piel en cuero de gallina.
Ya no pudo resistir, me acomodo bocarriba, me monto y, entre espasmos y gemidos logramos coordinar una deliciosa venida.
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Viernes, 08 de diciembre de 2006
Llegue a la Cd. de Mexico pasadas las 8 de la mañana y ya estaba ella esperandome con ansia loca.
Habian pasado seis meses desde la ultima vez que nos vimos, asi que las ganas de comernos mutuamente las mostrabamos a flor de piel.
Tomamos un taxi hacia nuestro hotel y en ese momento empezamos a sentir las emociones encontradas de estar en la capital ese dia.
-¿Tambien ustedes vienen a partirle su madre al ojete de Calderon, verdad?- Nos dijo el taxista y sin esperar respuesta encendio la radio y desde ahi nos enteramos de la profunda incertidumbre que se sentia en ese momento en la ciudad. Algunos apostaban a que no habria toma de posesion presidencial, mientras otros (los panistas) exigian la ceremonia "cueste lo que cueste".
No sin dificultad llegamos al hotel, pues caminamos a contracorriente (literalmente, en sentido contrario a la fuerte corriente formada por el enorme rio humano que se movia impetuoso del zocalo a la Avenida Reforma por la calle Francisco I. Madero. Sin embargo, antes de lograr nuestro arribo a tierra firme (nuestro Hotel) disfrutamos del colorido espactuculo que la marcha pejista ofrecia. Hombres, mujeres, niños, ancianos, todos con gesto decidido y en un ambiente que a ratos era festivo, caminaban cantando, lanzando consignas, insultos, mentadas. A ratos parecia mas peregrinacion religiosa que manifestacion politica, pues muchos de los marchantes llevaban en sus manos enormes fotos de AMLO sostenidas con veneracion, como si se tratara de la imagen de un santo. De verdad que solo faltaba que llevaran veladoras encendidas y un poco de incienso para darle un matiz mas solemne, casi religioso a la movilizacion.
Pero luego cambiaba el ambiente y se ponia agresivo contra Felipe o por lo menos burlesco como cuando un par de preparatorianas incito a cantar con la tonada del "martincillo":
Felipillo, felipillo
¿donde estas, donde estas?
Chingas a tu madre, chingas a tu madre
tu y el PAN, tu y el PAN
Tonada que fue coreada por todos los que en ese momento transitaban frenta a nosotros.
¿Y los comerciantes, esos que segun Televisa sufren los estragos del Pejismo? Dificilmente podian quejarse, por que ademas de que en realidad muchos de ellos simpatizan con el movimiento, todos se benefician de las compras que les hacen los manifestantes. Un ejemplo de ello es el muchacho que a las afueras de un establecimiento sostenia en lo alto una pancarta con la leyenda "Servicio de WC $2.00", pancarta que pugnaba por sobresalir de entre las que decian "Fuera Usurpador" "Felipe espurio", etc. Otro ejemplo es el clasico Sanborns de los Azulejos pues dispuso una mesita en la banqueta de su local y desde ahi oferto tortas a dies pesos y refrescos a cinco varos.
Finalmente entramos a nuestro hotel, nos registramos y nos encerramos. Mientras ella me desvestia, mi excitacion se acompañaba de los gritos de "Es un honor, estar con Obrador" que desde la calle seguian retumbando en la habitacion. Mi solidaridad con la manifestacion se puso de manifiesto cuando mi pelvis se empezo a mover al ritmo de "Se ve - se siente- el pueblo esta ´presente."
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Miércoles, 01 de noviembre de 2006
31 Octubre 2006
Para La Sirena de Alcantarilla (Miriam, pues).
Eran las tres de la tarde cuando el Lic. me llamó para decirme que quería platicar conmigo, que era importante.
Contesté con mi pregunta favorita. ¿A que horas y donde?
-A las siete, en La Rueda, ¿te parece?
-La Rueda? ¿Y que es eso?, ¿Algún café?-pregunté
-No mira, se trata de echarnos unas chelas, ¿no? - Me dijo- y una vez que me dió la dirección le confirmé que nos veríamos en ese lugar a las siete.
Llegué puntual. Era una cantina que por fuera no era muy diferente de las otras de ese rumbo, como “La Chamba”, “La Guitarra” o el “606”, cantinas cuya entrada suele estar adornada con letreros que avisan que está “Prohibida la entrada a mujeres”, una cantina típicamente mexicana, un lugar para hombres, una cantina como todas las demás. Las diferencias estaban dentro.
Cuando entré, la penumbra lastimó mis ojos y poco a poco, mientras caminaba en su interior, el entorno borroso cedía su lugar a una escena muy similar a la de otros tugurios del barrio. Una primer sección de mesas redondas a la derecha, mientras que a la izquierda se ubicaba una larga barra ante la cual departían alegremente parroquianos y cantinero, bajo el manto protector de la música al mas alto volumen. Frente a la barra, una sola hilera de mesas, paralela a la misma, al final de la cual se encontraba el baño. De modo que entre esa fila de mesas y la barra solo quedaba un estrecho y largo pasillo por donde había que pasar para llegar a desaguar.
A la derecha, una sombra me hacía señas con los brazos en alto. Era el Lic. hacia el cual me dirigí. Las peculiaridades continuaron pues la mesa redonda era de cemento y descansaba sobre un delgado poste metálico empotrado en el suelo. Algo similar ocurría con las sillas, metálicas y empotradas, podrían girar sobre sí mimas pero no cambiar de lugar.
Pedimos dos cervezas, mismas que el mesero puso sobre la mesa pero ¡cerradas¡ . Ante mi sorpresa o molestia y, antes de que yo le reclamara al mesero, el Lic. buscó tanteando bajo la mesa hasta que descubrió colgando de ella una cadena de la que pendía el abridor con el que destapó ambas cheves. Bebimos las primeras mientras conversábamos y cuando pedimos las siguientes mi sorpresa fue que, en lugar de anotar en un pequeño pedazo de cartón las cheves consumidas, el mesero puso a nuestros pies una caja de cartón en la que acomodó las botellas vacías. Así, cuando pidiéramos nuestra cuenta bastaría contar las botellas vacías que hubiere en esa caja,
Terminamos la segunda y la tercera cerveza, y fue entonces cuando mi vejiga parecía no resistir mas y me exigió una visita, con carácter de urgente, al mingitorio.
Me dirigí a desaguar y al pasar entre la barra y la fila de mesas, por el pasillo que conduce al baño, me sentí un tanto extraño. Pese a estar en penumbras y, pese a la discreción de sus movimientos, percibí ( o al menos eso creí) que todos (sí, todos) los parroquianos que estaban a ambos lados del pasillo, suspendían sus conversaciones y dirigían sus miradas hacia mí. Por un momento pensé que eran miradas y actitudes retadoras, de tipos que sentían que les estaba invadiendo su territorio ( ya ven que no solo los perros tienen necesidad de marcar y cuidar su territorio). Eso es lo que pensé pero, no era eso lo que sentía, y lo que sentía era muy difícil de describir por que las miradas retadoras suelen ser a los ojos y estos tipos mas bien me miraban de arriba a abajo, por el frente, por atrás, por los lados. Sobre todo por el frente. Y específicamente debajo de la cintura. Me sentí cosa, sentí que me miraban como se mira a una mujer en un lugar como este. Era muy, pero muy raro para mi lo que estaba pasando, de modo qué, cuando llegué al baño, estaba sudando. El corazón, por motivos inexplicables, estaba acelerado, pues había algo que no checaba, algo que no encajaba. Pistear (beber licor) en un tugurio de La Alianza es, por supuesto, riesgoso, de manera que lo mas común, cundo se decide hacer eso, es estar alerta, beber poco, con cautela y retirarse temprano para disminuir los riesgos de un asalto, lo cual implica un estado de permanente estrés. Y yo, ese día, en La Rueda, me sentía amenazado pero, la amenaza me era muy difícil ubicarla. Por un momento temí qué de la barra o de las mesas se desprendiera alguien y me atacara en el baño. No fue así. Con cierto temor, abrí la bragueta de mi pantalón, saque mi instrumento de riego y desahogué mi vejiga antes de que reventara. ¡Ahhhh¡ que placentero es orinar, creo que a veces produce un placer equivalente a la eyaculación. No sé por qué, pero el caso es que salí del baño mas relajado. Inicié el camino de regreso a mi mesa y entonces me dí cuenta: ese pasillo era la Pasarela y los parroquianos eran homosexuales que habían hecho de La Rueda su lugar favorito (o quizá único) de reunión. Eran ellos los que habían hecha tal distribución de las mesas de manera que se formara una Pasarela hacia el lugar que es obligado visitar en una cantina: el baño. Todo esto lo comprobé porque antes de llegar a mi mesa y pese a mis manotazos, ya me habían pellizcado ambas nalgas, mi pene había recibido mas de una caricia furtiva y, desde ambos lados de la Pasarela, me habían enviado sendos besos con la mano al grito de “Papacito, como estás buenote”, “ Mi Rey, a que horas sales al pan”, etc., etc., etc.,
Al fondo el Lic. parecía deshacerse a carcajadas.
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Domingo, 13 de agosto de 2006
No solo es una buena Secretaria. Es una bueníííííííííííííííííísima Secretaria. Bueno, era, porque ya se dedica a otras actividades. Ya no es Secretaria pero lo buenota no se le quita. Como Secretaria me daba tantas atenciones que, lo mismo me preparaba un café capuchino, que revisaba y reparaba la instalación del teléfono. Lo mismo llevaba con esmerada atingencia mi Agenda, que me espantaba a las “pinches lagartonas busca-marido”, como les llamaba a las amigas que de repente me llamaban para invitarme a comer o para pistear, como dicen acá en (pu)Torreón. Era, sin haberla designado, la mejor defensora de mi soltería.
Verla pasear por la oficina era todo un espectá-culo, sobre todo cuando se inclinaba para abrir el cajón inferior del archivero. ¿La razón? Su estupendo cuerpo y la desinhibida manera de lucirlo. La minifalda era su arma favorita para imponer el (des)órden entre los varones, y la envidia entre las mujeres de la oficina. Y lo mejor: era mí Secretaria.
Pues bien, convivir con alguien así, durante ocho horas diarias, no es tarea fácil. Pese a todo, me esforzaba por conocerla, por tenerla cerca, por disfrutarla...sin sucumbir. Esa tarea resultó imposible. Bastaba respirar su aroma (sus feromonas, pues) para que mis hormonas se alocaran y mis neuronas se neutralizaran. Si yo empezaba un dictado, el mismo se interrumpía en el momento en que ella cruzaba sus piernas. Dado que la minifalda era su mejor arma, (y ella lo sabía), cruzar y descruzar las piernas se convertía en un dulce martirio para mi porque desorbitaba mis ojos (impidiendo la lectura de lo que pretendía dictar), y pegaba mi lengua al paladar (impidiendo la articulación de cualquier palabra). Además, me hacía sudar la frente y las manos, de manera que el poder que tenía sobre mi se hacía evidente. Evidente para ella y para mi, porque eso solo lo hacía en privado. No es que en público fuera diferente, pues se sabía dueña del lugar en el que ella estuviera, pero ante los demás parecía lejana, atractiva y deseada, pero absolutamente imposible. Para mi, en cambio, era la dulce-amarga contradicción: lejana y cercana a la vez, accesible a la vista y prohibida al tacto.
Tan eficiente con los cobradores que llegaban gruñendo y ladrando, y salían como gatitos, casi, casi ronroneando y...sin cobrar.
Salimos varias veces a comer, siempre en plan amistoso aunque, en mi caso, siempre con la esperanza de llegar un poquito mas allá de la amistad.
Finalmente, una de nuestras citas fue diferente. Fuimos al cine, a los llamados cines Gemelos a ver una película que no atrapó mi atención, por lo que mis ojos (a pesar de la penumbra) y mis manos (a pesar de sus pellizcos) se concentraron en sus piernas.
Cuando salimos del cine, tomamos nuevamente el Boulevard Independencia, aunque ahora en sentido contrario, rumbo al centro de la ciudad. Al pasar junto a la distribuidora de la volkswagen, Autos Nazas, me dijo “dale vuelta” y le di vuelta, “estaciónate” y me estacioné. Era un callejón oscuro, aunque la luz de la luna llena me permitía disfrutar de su divertida sonrisa. Sin dejar de sonreir, sin dejar de mirarme, desabotonó con lentitud los botones de su blusa, desabrochó el sostén y lo botó al asiento trasero. Recostó el respaldo del asiento hasta convertirlo en cama. De un solo tirón bajó el cierre lateral de su minifalda y sus preciosas piernas quedaron completamente descubiertas. Con mis ojos tan abiertos como sus piernas, miré el hermoso contraste que ofrecía su negra y brevísima tanga ante la blancura de su piel. Mi corazón amenazaba con salirse del pecho, mis ojos de sus órbitas y mi pene del pantalón. Su voz me ordenó “bésame, tócame” al tiempo que sus manos auxiliaban a mi pene para abandonar su dolorosa prisión. Acomodé uno de sus pechos en mi boca y lo besé, lo succioné y le propiné unos deliciosos mordiscos para luego hacer lo mismo con el otro pezón que, erguido y turgente, exigía las mismas atenciones. De ahí me pasé a su ombligo, a sus piernas. Con los dientes bajé la tanguita y a puro lenguetazo la hice gemir de placer. Cuando me concentré en su clítoris, sus líquidos se impregnaron en mi bigote y en mi barba de candado, y sus olores estimularon la velocidad de mis movimientos que a la vez estimularon la velocidad sus gemidos. Se derramó en mi boca mientras clavaba sus uñas en mi espalda. Descubrí que “hacer venir” puede ser tan placentero como “venirse”.
Al día siguiente, cada vez que alguien tocaba mi arañada espalda me acordaba que la noche anterior se convirtió en inolvidable gracias a mi Secretaria.
Hace poco la vi, es mamá, terminó una maestría y sigue estando tan buenota como siempre, aunque ya no es mi Secretaria.

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Viernes, 28 de julio de 2006
Roux me llamó para invitarme unos tragos en una cantina que hasta entonces no conocíamos.
Cuando entré al bar ella me esperaba sentada frente a la barra, charlando con la cantinera, amiga de ella, que desde el otro lado de la barra, la escuchaba. Al fondo, un joven parroquiano acumulaba botellas vacías en su mesa mientras con los ojos se comía las enormes nalgas de Roux.
No era para menos, el banco en el que descansaban tan apetecibles glúteos parecía insuficiente para contenerlos. Son grandes y redondos, pero parecen mas grandes aún por la estrecha cintura de la que se derivan
Cuando estuve junto a ella, me pegué a su espalda, la rodeé con mis brazos y besé su mejilla y su cuello. Sentí como su piel se erizó y rápido me distrajo de mi embate con el pretexto de presentarme a su amiga, a quien saludé con un impersonal “mucho gusto” mientras le estrechaba la mano.
Pedí una Victoria (una chela oscura, para los que no saben) mientras ella pidió una Corona (chela rubia, y por cierto, chela es una forma cariñosa de referirse a la cerveza) mientras ambas mujeres, las únicas en la cantina, continuaban su conversación. Mientras escuchaba aburridas referencias acerca de lo malos, muy malos, que somos los hombres con las mujeres, mi mano derecha bajó lentamente de la espalda de mi amiga Roux, pasando por su breve cintura y estacionándose en la enorme nalga derecha. Mi mano acarició por fuera del pantalón y luego buscó su piel, hurgando bajo la blusa y luego bajo el pantalón. Roux se movió ligeramente para dar oportunidad de que mi mano entrara un poco mas y así pude sentir la textura de su pantaleta y, sobre todo, la textura de la piel de sus nalgas. Era obvio que la cantinera se daba cuenta de lo que sucedía pero continuó su charla como si estuviera ciega. La temperatura corporal empezó su ascenso y pedimos dos chelas mas. La cantinera salió un momento y aprovechamos para fundirnos en un beso que incrementó aun mas la temperatura. Mordí su cuello, sus hombros, sus pechos y sentimos que la ropa empezaba a convertirse en un estorbo. Fue entonces que recordé que no estábamos solos. Instintivamente volví la mirada al fondo y vi como el parroquiano había sacado su miembro y lo sacudía vigorosamente sin quitar la vista del precioso trasero de Roux. Ella miró hacia donde yo miraba (pues ella también se había olvidado de el) y al hacer un leve giro, alcanzó a mostrarle sus preciosos pechos que habían quedado semidescubiertos por mis besos. Eso era lo que faltaba porque, justo después de eso, el tipo exclamó placenteramente al tiempo que, bajo la mesa, derramaba el ardiente líquido que le quemaba por dentro. ¡Ahhhhhh¡
Me sentí un tanto incómodo, sin saber que hacer. En ese momento regresaba la cantinera y decidí que era el momento de continuar en otro lado. Roux pagó y salimos a tomar nuestros autos.
En el estacionamiento, mientras yo le proponía varias opciones de lugares donde podríamos concluir lo que allí habíamos empezado, ella me devolvía los besos que antes le había entregado. No me escuchaba. Ansiosamente mordisqueaba mis labios, mi cuello, desabotonó mi camisa para besar mi pecho. Luego sus manos desesperadas abrieron la jaula de mi pajarito y antes de que este alcanzara a volar, su boca lo atrapó entre lengua y paladar. Arrodillada, me sujetaba de las nalgas para que no me moviera. Los movimientos los hacía ella.
Me estremecí. Dejé de articular palabras y mis ojos se pusieron en blanco. Su cabeza se movía con ese ritmo creciente que anticipa la gloria. Me estremecí nuevamente, ahora con mas intensidad. Cuando sentí que me vaciaba en su boca, abracé su cabeza para coordinar su movimiento con mis espasmos. Necesitaba que se llevara todo, todo, lo que en ese momento necesitaba transmitirle por vía oral.
Se levantó, limpió su boca con el dorso de su mano, arregló sus ropas y sus cabellos, me sonrió, montó en su auto y, con una enorme sonrisa de satisfacción... se alejó. –Te hablo luego- alcanzó a decirme.
Por: El Ángel | Eros | Comentarios (8) | Referencias (0)
Un atisbo a la vida cotidiana del Ángel y su Angelita
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