Miércoles, 01 de noviembre de 2006
31 Octubre 2006
Para La Sirena de Alcantarilla (Miriam, pues).
Eran las tres de la tarde cuando el Lic. me llamó para decirme que quería platicar conmigo, que era importante.
Contesté con mi pregunta favorita. ¿A que horas y donde?
-A las siete, en La Rueda, ¿te parece?
-La Rueda? ¿Y que es eso?, ¿Algún café?-pregunté
-No mira, se trata de echarnos unas chelas, ¿no? - Me dijo- y una vez que me dió la dirección le confirmé que nos veríamos en ese lugar a las siete.
Llegué puntual. Era una cantina que por fuera no era muy diferente de las otras de ese rumbo, como “La Chamba”, “La Guitarra” o el “606”, cantinas cuya entrada suele estar adornada con letreros que avisan que está “Prohibida la entrada a mujeres”, una cantina típicamente mexicana, un lugar para hombres, una cantina como todas las demás. Las diferencias estaban dentro.
Cuando entré, la penumbra lastimó mis ojos y poco a poco, mientras caminaba en su interior, el entorno borroso cedía su lugar a una escena muy similar a la de otros tugurios del barrio. Una primer sección de mesas redondas a la derecha, mientras que a la izquierda se ubicaba una larga barra ante la cual departían alegremente parroquianos y cantinero, bajo el manto protector de la música al mas alto volumen. Frente a la barra, una sola hilera de mesas, paralela a la misma, al final de la cual se encontraba el baño. De modo que entre esa fila de mesas y la barra solo quedaba un estrecho y largo pasillo por donde había que pasar para llegar a desaguar.
A la derecha, una sombra me hacía señas con los brazos en alto. Era el Lic. hacia el cual me dirigí. Las peculiaridades continuaron pues la mesa redonda era de cemento y descansaba sobre un delgado poste metálico empotrado en el suelo. Algo similar ocurría con las sillas, metálicas y empotradas, podrían girar sobre sí mimas pero no cambiar de lugar.
Pedimos dos cervezas, mismas que el mesero puso sobre la mesa pero ¡cerradas¡ . Ante mi sorpresa o molestia y, antes de que yo le reclamara al mesero, el Lic. buscó tanteando bajo la mesa hasta que descubrió colgando de ella una cadena de la que pendía el abridor con el que destapó ambas cheves. Bebimos las primeras mientras conversábamos y cuando pedimos las siguientes mi sorpresa fue que, en lugar de anotar en un pequeño pedazo de cartón las cheves consumidas, el mesero puso a nuestros pies una caja de cartón en la que acomodó las botellas vacías. Así, cuando pidiéramos nuestra cuenta bastaría contar las botellas vacías que hubiere en esa caja,
Terminamos la segunda y la tercera cerveza, y fue entonces cuando mi vejiga parecía no resistir mas y me exigió una visita, con carácter de urgente, al mingitorio.
Me dirigí a desaguar y al pasar entre la barra y la fila de mesas, por el pasillo que conduce al baño, me sentí un tanto extraño. Pese a estar en penumbras y, pese a la discreción de sus movimientos, percibí ( o al menos eso creí) que todos (sí, todos) los parroquianos que estaban a ambos lados del pasillo, suspendían sus conversaciones y dirigían sus miradas hacia mí. Por un momento pensé que eran miradas y actitudes retadoras, de tipos que sentían que les estaba invadiendo su territorio ( ya ven que no solo los perros tienen necesidad de marcar y cuidar su territorio). Eso es lo que pensé pero, no era eso lo que sentía, y lo que sentía era muy difícil de describir por que las miradas retadoras suelen ser a los ojos y estos tipos mas bien me miraban de arriba a abajo, por el frente, por atrás, por los lados. Sobre todo por el frente. Y específicamente debajo de la cintura. Me sentí cosa, sentí que me miraban como se mira a una mujer en un lugar como este. Era muy, pero muy raro para mi lo que estaba pasando, de modo qué, cuando llegué al baño, estaba sudando. El corazón, por motivos inexplicables, estaba acelerado, pues había algo que no checaba, algo que no encajaba. Pistear (beber licor) en un tugurio de La Alianza es, por supuesto, riesgoso, de manera que lo mas común, cundo se decide hacer eso, es estar alerta, beber poco, con cautela y retirarse temprano para disminuir los riesgos de un asalto, lo cual implica un estado de permanente estrés. Y yo, ese día, en La Rueda, me sentía amenazado pero, la amenaza me era muy difícil ubicarla. Por un momento temí qué de la barra o de las mesas se desprendiera alguien y me atacara en el baño. No fue así. Con cierto temor, abrí la bragueta de mi pantalón, saque mi instrumento de riego y desahogué mi vejiga antes de que reventara. ¡Ahhhh¡ que placentero es orinar, creo que a veces produce un placer equivalente a la eyaculación. No sé por qué, pero el caso es que salí del baño mas relajado. Inicié el camino de regreso a mi mesa y entonces me dí cuenta: ese pasillo era la Pasarela y los parroquianos eran homosexuales que habían hecho de La Rueda su lugar favorito (o quizá único) de reunión. Eran ellos los que habían hecha tal distribución de las mesas de manera que se formara una Pasarela hacia el lugar que es obligado visitar en una cantina: el baño. Todo esto lo comprobé porque antes de llegar a mi mesa y pese a mis manotazos, ya me habían pellizcado ambas nalgas, mi pene había recibido mas de una caricia furtiva y, desde ambos lados de la Pasarela, me habían enviado sendos besos con la mano al grito de “Papacito, como estás buenote”, “ Mi Rey, a que horas sales al pan”, etc., etc., etc.,
Al fondo el Lic. parecía deshacerse a carcajadas.
Por: El Ángel | Eros | Comentarios (0) | Referencias (0)
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